El arte de no tirar la toalla: cuando el bajón llama a la puerta y no caer en el desánimo

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A ver, seamos honestos. Hay días en los que el simple hecho de apagar la alarma se siente como escalar el Everest descalzo. El desánimo no avisa; llega, se instala en tu sillón favorito y te mira con cara de pocos amigos. Nos han vendido esa idea barata de que la automotivación es un interruptor que cualquiera puede activar con tres frases de taza de café. Pero no es así. La apatía es densa, real y, a veces, endiabladamente terca.

La trampa del optimismo tóxico

Vivimos bombardeados por un positivismo de cotillón que hace más daño que bien. Si estás mal, te dicen “sonríe”. Qué fácil, ¿no? Como bien apuntaba Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio (2010), nos autoexplotamos creyendo que podemos con todo, y ahí es donde nos rompemos. El verdadero peligro no es estar de bajón, sino la culpa que sentimos por estarlo. Quizás, solo quizás, el primer paso para salir del pozo sea aceptar que el fondo está frío y que está bien quedarse sentado cinco minutos antes de buscar la salida.

El microrrealismo como salvavidas

¿Cómo se sale de ahí? No con grandes discursos motivacionales, desde luego. Se sale a pasitos de hormiga. Cuando la cabeza te grita que nada vale la pena, hay que engañar al cerebro con victorias ridículamente pequeñas. ¿Tender la cama? Una victoria. ¿Caminar diez minutos? Un jodido triunfo (con perdón de la expresión). Como decía Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido (1946): “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo la última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias”. Si no puedes cambiar el día gris, al menos elige qué paraguas vas a usar.

"Al hombre se le puede arrebatar todo salvo la última de las libertades humanas: la elección de la actitud..." 
— Viktor Frankl

La red de seguridad (y el derecho a desconectar)

A veces el desánimo es solo el cuerpo pidiendo pista. Fatiga acumulada, redes sociales saturadas de vidas perfectas de plástico… un cóctel molotov para el alma. Toca apagar las pantallas. Hablar con ese amigo que no te juzga si estás de mal humor y, sobre todo, bajar las revoluciones. No somos máquinas de producir.

Al final, este cansancio del alma es solo una estación de paso, no el destino final. El desánimo pasará, siempre lo hace, aunque ahora mismo parezca un invierno eterno. Hay que aprender a llover para volver a brotar.

Bibliografía

  • Frankl, V. (1946). El hombre en busca de sentido. Herder.
  • Han, B.-C. (2010). La sociedad del cansancio. Herder Editorial.

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