«Hay hombres que luchan un día y son buenos; hay otros que luchan un año y son mejores; pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.»
Bertolt Brecht
A veces basta un olor a fogata o el crujido de unas ramas secas para que la memoria pegue un salto brusco hacia atrás. Uno va por la vida creyendo que se inventó a sí mismo —ingenuidad pura, claro—, hasta que se sienta en silencio y descubre que su carácter no es más que un mosaico de voces ajenas que calaron hondo. En esa arqueología íntima de la infancia y juventud, siempre asoma alguien providencial. Para mí, esa figura tiene las mangas de la camisa arremangada, pañuelo de campamento al cuello y una mirada lúcida: el padre Guido que me formó en los scouts.
Primero, la terquedad del deber bien terminado. No hablo de perfeccionismo estéril ni de obsesión compulsiva, sino de aquella vieja máxima scout de Baden-Powell (1908): «El scout es trabajador y cuidadoso del bien común». Con el Padre aprendí que una carpa mal armada o un nudo flojo no eran un descuido menor; eran una renuncia a la excelencia interior. Nos machacaba con no conformarnos con lo mediocre, recordándome aquello que señalaba Viktor Frankl (1946) sobre cómo la responsabilidad es la verdadera esencia de la existencia humana.
Luego vino la nobleza. Esa costumbre contracultural de buscar el bienestar del prójimo sin calcular la factura posterior. En un mundo obsesionado con la ventaja inmediata, el Padre insistía en que mandar era servir. Liderar no consistía en subirse a un pedestal para ser admirado, sino en colocarse al final de la fila cargando la mochila más pesada. Un liderazgo despojado de ego, limpio de ambición utilitaria.
Y coronando todo, lo vertical. La certeza de que el barro del camino cobra sentido cuando los ojos apuntan a lo eterno. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti», escribía Agustín de Hipona (397/2010). El Padre no teorizaba sobre Dios: lo transparentaba viviendo con la urgencia de quien sabe que cada acto terrenal resuena en la trascendencia.
Mirando en retrospectiva, entiendo que la gratitud no se liquida con nostalgia piadosa ni con placas de bronce. El único homenaje auténtico hacia quien nos marcó el rumbo radica en la coherencia diaria: encarnar el testimonio recibido, sostener la vara alta y devolver al mundo, multiplicado, aquel fuego que una vez nos encendieron. Gracias Padre, por haber estado en mi vida, le debo lo que soy…
Referencias bibliográficas
- Agustín de Hipona. (2010). Confesiones (P. Vega, Trad.). Editorial Gredos. (Obra original publicada ca. 397).
- Baden-Powell, R. (1908). Scouting for boys: A handbook for instruction in good citizenship. Pearson.
- Frankl, V. E. (1946). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial.



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