Las heroínas aún existen…

«Al final del camino, la única pregunta que importa es si fuimos fieles a nosotros mismos en medio del vendaval del mundo».
— Jorge Luis Borges, El oro de los tigres.

Esta mañana el silencio de la casa tuvo otro peso. Mi esposa cerró un ciclo laboral inmenso y, aunque le sobra juventud en la mirada, comenzó a trabajar recién salida de la facultad, cuando apenas era una muchacha. Me detengo a escribir esto —quizás por pura necesidad de volcar el asombro al papel— para intentar dimensionar qué significa, en tiempos tan líquidos, empeñar tantos años en favor de una institución. Mirar atrás no siempre es un ejercicio amable. Exige valentía. Uno se planta frente al espejo y se interroga sin rodeos: ¿valió la pena el esfuerzo invertido?

La lealtad no cotiza alto hoy en día. Sin embargo, verla desenvolverse con una pulcritud terca durante décadas demuestra que entregarse a una tarea trasciende el mero cobro a fin de mes. En El arte de amar, Erich Fromm (1956) advertía con lucidez: «El amor no es primariamente una relación con una persona específica; es una actitud, una orientación del carácter» (p. 53). Tal disposición rigió sus rutinas. Ella no cumplió un horario: puso el hombro, la vigilia, la paciencia y no pocas lágrimas anónimas para sostener proyectos ajenos como propios.

Hubo renuncias invisibles, por supuesto. Quien regala sus horas más lúcidas a la docencia resigna fragmentos vitales irrecuperables. Pero nada fue mezquindad en sus manos. En sus cartas, el apóstol Pablo dejaba una imagen que siempre me conmueve: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4:7). Hay algo de esa carrera cumplida en su paso de hoy. La gratitud no estriba en una medalla de latón o un diploma formal; radica en la certeza limpia del deber consumado sin trampa.

Sospecho que la existencia no vino pensada para ahorrarse en una alcancía. Se gasta o se pudre. Hoy la admiro en silencio: verla cruzar esa línea de llegada intacta por dentro confirma que vivir con generosidad sigue siendo la decisión más digna posible. Ella hoy es mi heroína, no solo porque la ame como su compañero de vida, sino porque soy testigo presencial y existencial de que vivió amando lo que hizo. Y eso la convierte en alguien única y me hace volver a creer…

Referencias

  • Fromm, E. (1956). El arte de amar. Paidós.
  • Biblia de Jerusalén. 4.ª ed., Desclée de Brouwer, 2009.

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