Ya pasó el ruido. Las copas quedaron con ese cerco pegajoso de sidra en la mesa y el confeti parece ahora basura de ayer. Empezamos otro año y, la verdad, me da un poco de risa —y algo de ternura— esa obsesión casi religiosa por creer que el 1 de enero opera como un botón de “reset” universal. Pero no, la vida no es un videojuego. Los problemas de diciembre se mudaron de mes sin pagar flete. Sin embargo, aquí estamos otra vez, buscando algo a qué aferrarnos. Y ahí es donde aparece la esperanza, pero no esa de postal barata, sino la de verdad.
A ver, seamos honestos: la esperanza suele tener mala prensa. Se la confunde con ese optimismo bobo, casi tóxico, de “todo va a salir bien” porque sí. Pero la esperanza real es mucho más ruda. Es, como diría Josef Pieper en su análisis sobre las virtudes, una suerte de “estatuto del caminante” (status viatoris). Es la virtud de quien sabe que todavía no llega, que está en camino y que, posiblemente, el camino esté lleno de baches y barro. No es esperar que no llueva; es saber que, aunque nos empapemos, llegar a algún lado tiene un sentido profundo. Como escribió Pieper (1944) en Sobre la esperanza, esta virtud es lo que nos salva de la desesperación y de la presunción, esos dos precipicios que nos acechan cuando las cosas se ponen color hormiga.
Pero, ¿cómo se mastica esto en el día a día? Yo creo que la clave está en entender que la esperanza es un músculo, no un deseo. Es la capacidad de mirar las dificultades que vienen —que vendrán, no nos engañemos— y no dejar que nos quiten la capacidad de decidir. Me hace pensar mucho en Viktor Frankl. Él estaba en un campo de concentración, o sea, el escenario menos “esperanzador” de la historia humana, y aun así decía que al hombre se le puede arrebatar todo menos la última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal ante las circunstancias (Frankl, 1946). Esa es la esperanza cardinal: saber que, aunque el entorno sea un caos, mi respuesta sigue siendo mía.
Y acá viene lo más difícil, lo que a veces me quita el sueño. ¿Qué pasa cuando la esperanza se siente como un peso extra? A veces estamos cansados de ser fuertes, ¿no? Pero la paradoja es que la esperanza no es para los fuertes, es justamente para los que flaquean. Es esa pequeña luz que no ilumina todo el cuarto, pero sí el siguiente paso para no tropezar con la silla. No necesitamos planes a diez años ni visiones grandiosas; a veces solo hace falta la terquedad de creer que el esfuerzo de hoy no es en vano. Quizás, después de todo, el año no tiene que ser “nuevo” para que nosotros intentemos algo distinto.
Al final, este ciclo que arranca no nos promete nada. El calendario es solo papel o píxeles. Las dificultades van a llegar, puntuales como siempre. Pero la esperanza es nuestra ventaja competitiva, nuestra pequeña trampa al destino. No es una solución mágica, sino una brújula que, aunque tiemble, siempre señala hacia la vida. Así que, entre el miedo y el asombro, yo me quedo con esa “virtud del camino”. Porque, como dicen por ahí, mientras haya camino, habrá que caminarlo, aunque nos duelan un poco los pies.
Bibliografía
Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido (12ª ed.). Herder Editorial. (Original publicado en 1946).
Pieper, J. (2003). Sobre la esperanza. Rialp. (Original publicado en 1944).


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