El Ojo que no pestañea: Crónica del silencio y la envidia ajena

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A veces pienso que el silencio no es solo falta de ruido, sino un escudo térmico contra la mala vibra. Esa frase de “nunca contar, nunca preguntar” me suena a un mantra de supervivencia urbana, un código de honor para no despertar al monstruo verde que todos llevamos dentro —aunque nos hagamos los santos—. Seamos honestos: el éxito ajeno a veces pica. Como una roncha en verano.

Primero, ventilar los logros apenas salen del horno es un error garrafal. Según Harold Coffin, “la envidia es el arte de contar las bendiciones del otro en lugar de las propias”. Al cantar victoria antes de tiempo, te pones una diana en la espalda. Es mejor guardarse la carta ganadora bajo la manga y dejar que los resultados hablen por sí solos, sin anuncios ruidosos que solo atraen miradas de reojo.

Luego está el arte de no meter las narices donde no nos llaman. ¿Para qué preguntar cuánto gana el vecino o si el otro se compró el coche al contado? Esa curiosidad es, en el fondo, una métrica de inseguridad propia. Si no preguntas, no te comparas; y si no te comparas, vives más liviano. Es una cuestión de higiene espiritual —si es que eso existe todavía—.

Finalmente, hay que entender que la envidia es algo visceral. Melanie Klein (1957) explicaba en su obra que es un impulso que busca destruir lo bueno del otro simplemente porque uno no lo posee. Es una sombra espesa. Por eso, el “nunca contar” no es por egoísmo, sino por pura estrategia de paz. Es preferible pasar por debajo del radar que ser el blanco de un dardo lanzado desde la frustración ajena.

En fin, creo que proteger lo que uno ama implica, a veces, cerrar la boca. No es ser reservado por mala onda, es ser inteligente. El silencio es oro y la envidia… bueno, la envidia es ese óxido silencioso que se come hasta el metal más brillante si le das el más mínimo chance.


Bibliografía

  • Coffin, H. (s.f.). Citas sobre la vida y el carácter. Editorial Pensamiento.
  • Klein, M. (1957). Envidia y gratitud. Paidós.

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