“Haz tu trabajo como si fuera el primero, el único, el último”
Solemos arrastrar las horas laborales como si la jornada fuese un borrador descartable. Sin embargo, aquel aforismo latino —operare ut primum, ut unicum, ut ultimum— quiebra ese letargo: nos conmina a encarar el quehacer presente como si fuera el primero, el único y el definitivo.
Abordar la faena diaria con ojos de principiante desarma el cinismo. Nos devuelve el asombro intacto frente a la rutina.
Concentrarse en lo único, por su parte, resulta hoy un acto casi de rebeldía. Viktor Frankl (1946) lo advertía con lucidez: el sentido no se inventa de la nada, sino que se descubre al responder con responsabilidad ante cada tarea concreta. Si dispersamos la atención, vaciamos la labor de su dignidad intrínseca.
Ejecutar la obra como si fuese la última añade peso moral. No por fatalismo, sino por lucidez; lo que entregamos a medias habla de nosotros.
Trascender no exige hazañas titánicas; basta volcar el alma en el detalle inmediato.
Referencia
Frankl, V. E. (1946). El hombre en busca de sentido. Editorial Herder.



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