«Hay palabras que hieren como dagas», advierte con lucidez el libro de Proverbios. Durante años disfracé mi molestia tras el escudo del sarcasmo, creyendo falsamente que una ironía elegante resolvía las diferencias sin exponerme al conflicto. Una tarde bastó la mirada rota de quien amo para comprender el daño silenciado que dejaban mis comentarios punzantes. El sarcasmo nunca es mero ingenio; suele ser la armadura del cobarde que teme a la vulnerabilidad o la rabia contenida que prefiere la evasión antes que la verdad. El estoicismo nos recuerda que la templanza exige gobernar la lengua, mientras que el amor maduro demanda mansedumbre y rectitud. Cuando sustituimos la caridad por la burla solapada, erosionamos la intimidad y la confianza cotidiana de nuestros vínculos. Quien necesita humillar con mordacidad para hacerse oír, aún no ha aprendido a descansar en la fuerza pacificadora de la honestidad.
Juan Manuel Sayago



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