Vaya lío en el que nos metemos buscando la paz en apps de meditación o retiros caros, ¿no? A veces creo que nos hemos vuelto expertos en decorar la fachada mientras los cimientos —nuestro carácter— se caen a pedazos por puro descuido. No es un tema de moralina rancia; es, sinceramente, pura ecología emocional.
El carácter no es ese traje de gala que sacamos para las visitas, sino lo que queda cuando se apagan las luces y nadie mira. Como bien decía Aristóteles (2014) en su Ética a Nicómaco: “la excelencia no es un acto, sino un hábito”. Si no entrenas la paciencia hoy, mañana serás un volcán en erupción ante la mínima mota de polvo. Es gimnasia para el espíritu.
Nadie vive en una burbuja de cristal, por mucho que el individualismo moderno nos venda ese cuento chino. Nuestra “mala vibra” —si se me permite el término— siempre termina salpicando al de al lado. Dicho de otro modo: si no domas a tus propios demonios, terminarás mordiendo a quien menos lo merece. Ser una “buena persona” es, ante todo, el acto de no ser una carga para el corazón ajeno.
¿Felicidad? Quizás sea solo el alivio de no estar en guerra con uno mismo. Viktor Frankl (2015) lo clavó en El hombre en busca de sentido al explicar que la dicha no se busca, sino que se sigue como un efecto secundario de vivir con integridad. Al final, cultivar el carácter es estrategia pura. Si logras que tu presencia no sea un fardo para el resto, ya habrás ganado la mitad del partido. Es una utopía necesaria, creo yo.
Bibliografía
Aristóteles. (2014). Ética a Nicómaco (M. Araujo & J. Marías, Trads.). Gredos.
Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial.



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