Tu mal humor no castiga al mundo: envenena únicamente la copa de la que tú mismo bebes. Cuando permites que la irritación guíe tus pasos, caminas como quien lleva carbón encendido en las manos esperando quemar a otro; la primera piel que arde siempre es la tuya. La queja constante nubla la mirada y transforma pequeños tropiezos en muros insalvables. No necesitas cambiar las circunstancias para recuperar la calma; basta con cambiar el aire que dejas entrar al pecho. Elige la serenidad, porque nadie puede disfrutar del paisaje si insiste en arrojar arena contra sus propios ojos.
Juan Manuel Sayago
Cómo tu mal humor afecta tu vida

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