«Nadie que no haya sido antes paciente puede comprender del todo el misterio del alma herida», sugería Jung.
Aún recuerdo la primera vez que ocupé el sillón del consultorio: no llegué con respuestas, sino quebrado por la incertidumbre, buscando apenas un asidero donde ordenar mi propio caos. Aquel proceso no solo mitigó mi sufrimiento; me enseñó a habitar la vulnerabilidad con entereza y a mirar de frente mis sombras sin temor.
Con los años comprendí que la vocación clínica no surge de una pretendida invulnerabilidad técnica, sino de haber transitado con honestidad la propia noche oscura. No se puede guiar a nadie por un territorio que uno mismo se niega a recorrer a pie descalzo.
Hoy, al acompañar el dolor ajeno, sé que curar es devolver la mirada compasiva que un día nos salvó. Solo quien aprendió a ser rescatado puede ofrecer una mano verdaderamente firme.
Juan Manuel Sayago



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