No sanas una herida fingiendo que la piel jamás se abrió, sino permitiendo que cierre desde adentro. El dolor del pasado es como una astilla: esconderla bajo vendajes no calma el ardor; solo la aceptación serena y el coraje de mirarla limpian la infección. No luches contra el daño que ya ocurrió ni te desgastes maldiciendo la caída. Tu cicatriz no es un defecto que debas ocultar con vergüenza, sino la prueba viva de que fuiste más fuerte que aquello que intentó romperte. Mírala con paz: el dolor enseña, pero la vida continúa en ti.
Juan Manuel Sayago



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