La envidia no nace de desear lo ajeno, sino de la herida secreta de sentirte no elegido. Cuando miras el brillo del otro y te duele, no estás codiciando su luz: estás olvidando encender la tuya por esperar una aprobación que nadie te debe. El sol jamás compite con las estrellas; cada uno tiene su propio cielo para arder. Deja de esperar que el mundo te señale con el dedo para validar tu valor: el único que debe elegirte para florecer eres tú.
Juan Manuel Sayago



Deja un comentario